viernes, 13 de mayo de 2011

Pasen a ver …el circo; hoy como ayer…el circo

Juan Gajardo Quintana

Desde siempre y para siempre, la sociedad ha sido y será amiga de protocolos, ceremonias, genuflexiones y espectáculos. Desde el simple saludo hasta la comisión de grandes empresas de la más variada estirpe, se viste de parafernalia antes de llevarse a cabo. Antes de invadir un país, un presidente se dirige a la nación; con motivo de iniciar un año de gestión, las personas e instituciones visten sus mejores galas y profieren los más escogidos ditirambos con el fin de engalanar sus actos, que a la postre terminan siendo los más cotidianos y ordinarios, tal como se puede esperar de las acciones humanas. Si no, recuerden no más cuánto despliegue de ornamentaciones, cánticos y sentidas exhortaciones al momento de despedir a los alumnos de un colegio o facultad. En ese momento se les indica el límpido cielo como único límite a sus aspiraciones. Y lo cierto que luego la realidad crasa y cruda, es que el sujeto deberá someterse a las más pedestres exigencias, por más rastreras que sean, para poder sobrevivir en la selva o maleza de la vida. Pero es que el juego rimbombante nos gusta, y mucho. Las entregas de condecoraciones establecen antología al respecto. Los diplomas, simples cartones, son apreciados como oro y ocupan por completo las paredes de las consultas médicas y gabinetes de abogados e ingenieros. Es misteriosa la sensación de seguridad y vanidad que se desprenden de esos silenciosos pliegos, aunque solo digan que fue extendido por el Cuerpo de Bomberos de Detroit o una escuelita de verano de Harvard. Y qué decir de las medallas. Como por lo general son de metal y dirigen el pensamiento inevitablemente hacia glorias militares o deportivas, son muchos los que sueñan con ellas. Es dramática, conmovedora y, por lo mismo, escenario ideal para una comedia, la ceremonia en que agregados militares de naciones amigas, intercambian sus más caras y rutilantes medallas que van de pecho en pecho, más por conveniencias políticas por motivos marciales. Más patético aún, cuando las insignes preseas llegan por razones misteriosas e inesperadas, tal así que el propio homenajeado se ve incapaz de explicar cabalmente la razón de su distinción. Pues bien, desde la solemnidad, al espectáculo y de ahí a lo circense hay solo un paso. Si no me creen, pregúntenle, si se pudiera, a los más afamados bufos, como Chaplin, Mr. Bean, Buster Keaton y Roberto Gómez Bolaños, expertos en transformar un momento de solemnidad mayor en una hilarante serie de chascarros que parece no tener fin. La política ofrece un caudal de esperpéntica etiqueta y códigos de honor que paso a paso ofrece oportunidades para payasear. Desde el candidato que anda besando veteranas en la vía pública hasta la peligrosa práctica de hacer como que se trabaja en serio, pero en realidad utilizar la constitucionalidad para dejar contento al populacho con elaborados montajes y triquiñuelas destinadas a esconder latrocinio con amparo legal. La vocera del gobierno pidió, a propósito del diferendo por las centrales de Hidroaysén, evitar un circo de declaraciones. Pero la verdad es que la función se había desarrollado con una perfomance de envergadura colosal mucho antes. Especialmente con Seremis que hacían como que eran independientes, cuando en realidad son, por lógica, mandados por el nivel central, toda vez que son funcionarios de confianza del gobierno, el que ya se había pronunciado a través de su ministro del interior en la mañana del día decisivo. Por su parte, los personeros que “decorosamente” se habían automarginado debido a sus intereses personales, dejaban a los subalternos, que funcionan bajo sus órdenes, redundo, para que “votaran en conciencia”. Además uno de ellos sufragaba dos veces. Entonces el colofón del número cómico fue la declaración que garantizaba que todo se había hecho con transparencia y de acuerdo a las leyes. Obviamente, no era necesario esconder demasiado, cuando la institucionalidad imperante, consagrada por moros y cristianos, posibilitaba este procedimiento muy alejado de lo que un individuo escrupuloso considera como ético. Y lo triste es que parece calcado con lo que está ocurriendo con nuestro Achibueno.

martes, 10 de mayo de 2011

La matemática no siempre nos dice la verdad: cuidado con las estadísticas



Juan Gajardo Quintana

Es un asunto fregado esto de manejar y publicar información numérica, estadística, con el fin de ilustrar a la población acerca de los avances o retrocesos de los asuntos públicos, especialmente los relativos a la marcha de la economía. Algunas razones respecto a estas dificultades se deben a la imprecisión que la ciudadanía en general tiene sobre conceptos como crecimiento, ipc, inflación, gasto público, inversión, balanza comercial, etc.. Otras complicaciones se deben papel que cada informante juega en el debate público: si pertenece al ámbito oficialista interpretará los datos de una forma diferente a como lo haría alguien de las filas de la oposición.
Tomemos por caso el concepto de crecimiento económico. No son pocos quienes en la conversación común lo asimilan a desarrollo. Sin embargo, el primer vocablo dice relación estrictamente a elementos de corte economicista, cuyo centro es el consumo. Cuando aumenta la adquisición de bienes y servicios por parte de la población, pueden ocurrir principalmente dos fenómenos: un incremento de la demanda, obligando a la industria a generar mayor cantidad de bienes y servicios y lo otro, un aumento de precios cuando la oferta no es suficiente, generándose inflación. En ambos casos suben los índices de transacciones, se dinamiza la economía y, por ende se genera crecimiento, es decir, aumenta el volumen del producto interno bruto. Pero esto no necesariamente significa desarrollo. Aún más, se puede dar el caso que el crecimiento se genere exclusivamente por el incremento de precios, lo que redunda en un incremento artificial del producto, pero que no tiene correlato con los bienes disponibles en el mercado. Por otra parte, los índices de crecimiento están sujetos al punto de referencia o comparación con el cual se contrasta. En una economía deprimida relativamente a causa, por ejemplo, de un desastre natural, pueden darse elevados índices, pero que en la práctica no significan avances substanciales. En contraste, el concepto de desarrollo involucra una serie de variables, entre las cuales concurren varias de carácter cualitativo, que tienen que ver con factores de bienestar y seguridad que experimentan los ciudadanos, producto de medidas o iniciativas tanto del estado como de la actividad privada, que apuntan a la satisfacción de una multiplicidad de aspiraciones que tocan desde lo económico a lo político, social y cultural. Administrar un estado, por lo tanto, es más que dirigir una empresa y mantenerlo con números azules en los balances. Abarca aspectos que van desde la satisfacción de las necesidades básicas, pasando por la integración social, aspiraciones culturales y educativas, políticas de esparcimiento y recreación, seguridad ciudadana, derecho a vivir en un ambiente sano y limpio, territorialidad, etc..
Otro tema de moda, en orden a publicitar exitosos indicadores, dice relación con el desempleo, o, por contraste, la creación de empleo. Se habla de logros nunca vistos desde tiempos inmemoriales. Pero vamos viendo. O definiendo, más bien. Nosotros entendemos como empleo una actividad remunerada y debidamente regulada que le permita a una persona resolver adecuadamente su problema de supervivencia, en un régimen de estabilidad y proyección a mediano y largo plazo. Lamentablemente de los chorrocientos empleos supuestamente creados, en un gran porcentaje no responden a la expectativa señalada. Los datos de la minuta de empleo que Fundación SOL publica mes a mes, luego de procesar la base de datos de la Nueva Encuesta de Empleo del INE, muestran que a pesar de que se registra una variación de los ocupados de 487 mil entre el trimestre enero-marzo 2010 y enero-marzo 2011, se entrega evidencia de que el 45% de esta cifra no están vinculados necesariamente a políticas o planes de empleo del gobierno y que no están cubiertos por los sistemas de protección clásicos del trabajo y el 74% de la variación de los ocupados asalariados corresponde a la modalidad de subcontratación, servicios transitorios y suministro de personal y enganchadores, lo cual es una señal de mayor precarización e inestabilidad en el mundo del trabajo.
Terminamos diciendo que en Chile, mayor crecimiento económico o una menor tasa de desempleo oficial, no asegura mejores condiciones de vida para todos sus habitantes.

jueves, 28 de abril de 2011

Reencuentro de una década: Primera promoción de un gran proyecto educativo




Juan Gajardo Quintana


Después de 10 años de haber egresado, se reúnen en Linares los miembros de la primera promoción del Colegio Amelia Troncoso. Estos adultos jóvenes-su edad bordea los 27 años- han querido reforzar sus vínculos entre sí, con su tierra y con las personas y hechos que contribuyeron a determinar muchos aspectos de su presente. Algunos componentes de este conjunto, iniciaron su vida estudiantil desde su más tierna infancia como parvulitos de las tías, algunas de ellas aún laborantes en esa unidad educativa. A la mayoría de ellos los conocimos en la medianía del nivel básico o ingresando en la educación media, por el 98, año que vio nacer este nivel en el emblemático establecimiento. Varios de ellos devinieron desde otras casas de estudio, buscando refugio y alero en un ambiente educativo que respetara sus singularidades y diera reparo a sus anhelos e inquietudes, no siempre comprendidos en “colegios de alto rendimiento”, así, entre comillas. Porque no es lo mismo realizar el trabajo educativo, considerando tanto las potencialidades como las limitaciones de los estudiantes, que ir selecc ionando y podando el contingente, para ir quedándose tan solo con los selectos, aquellos que responden a la idea que se tiene del “alumno modelo”, no problemático y, al menos en apariencia, acorde con el proyecto educativo autoinferido por la conveniencia y comodidad de la institución. En el Amelia Troncoso los alumnos llegaban con su bagaje, muchos ellos con sus cargas, las cuales no era necesario abandonar antes antes de cruzar el umbral, sino que con todas y cada una de sus necesidades y conflictos, los cuales paulatinamente iban siendo resueltos y canalizados, según un proceso existencial vivido y compartido por todos los integrantes de la comunidad educativa.
Estos chiquillos pertenecen a la época pre PSU, aunque pasaron por el túnel del SIMCE y debieron someterse a la nunca bien ponderada P.A.A. Y cosa rara. Ahora los vemos realizados, profesionales, disfrutando del fruto de su esfuerzo, saludables y dispuestos para rescatar el lado bueno de las cosas. Nunca se estresaron dedicándoles 25 horas al día a los “preus”, ni tampoco fueron adiestrados para responder las mediciones estándares a las cuales se le ha dedicado tanta devoción en los últimos tiempos. Sin embargo, a poco tiempo de haber ingresado a las casas de estudios superiores, impresionaron a sus maestros por su desplante, manejo conceptual y capacidad para establecer relaciones entre los diferentes ámbitos del conocimiento. Hace dos días el imponderable economista Sebastián Edwards, llamó la atención al mostrar alarma por la formación de los profesionales en los claustros universitarios actuales. No lo hacía a propósito de los lamentables resultados de los recién egresados de pedagogía, que, entre otras maravillas, demostraban un dominio del 2% en lo que respecta a habilidades básicas de lenguaje. No, él se refería en general a todos los profesionales: médicos, ingenieros, arquitectos, etc., que, según él, estaban anquilosados (detenidos en su evolución). No es aceptable, de acuerdo a este analista, la formación de un ingeniero o científico, que no sepa filosofía o un médico que desconozca la literatura. Quienes tienen la misión de cargar con la suerte del mundo hoy, deben poseer un criterio amplio y una capacidad de análisis y juicio de nivel superior. La especialización, la panacea de hace cincuenta años, hoy se ha constituido en una maldición. En el mejor de los casos, en una limitación crasa y grosera. La universidad más grande la región, otrora orgullosamente permeada por el humanismo, se convirtió de la noche a la mañana en un instituto superior politécnico y actualmente aletean débiles alas que intentan mantener la lucecilla de la comprensión de la existencia humana. Estos muchachos en los que modestamente influimos en una parte molecular, han demostrado que se puede ser feliz y exitoso sin necesidad de la esclavitud estadística y el prurito del exitismo economicista.

martes, 26 de abril de 2011

Educación: y dale con el látigo




Juan Gajardo Quintana

El verdadero aprendizaje no se produce, se crea a través de un proceso lento y armónico en el cual lo más selecto del espíritu humano participa mediante sus más diversas potencialidades. El aprendizaje, si resulta necesario compararlo con la actividad productiva, habría que decir que es un producto de la madurez, no de la presión.

Se ha vuelto muy común en los últimos tiempos solicitar el concurso de profesores que estén dispuestos a trabajar en un ambiente de presión, en un clima de alta exigencia y sujeto a logros. Es decir, la terminología aplicada en la empresa productiva, donde la alta exigencia es la doctrina fundamental, se ha hecho presente en gloria y majestad en los pasillos y aulas de las unidades educativas. Armónicamente con ello, el concepto de incentivos, premios y castigos, se ha convertido en la herramienta mediante la cual los establecimientos y los trabajadores de la educación, se verán impelidos a perseguir afanosamente los objetivos, si no quieren ser descalificados en la ardua carrera que significa actualmente la educación. Y ya comienzan a apreciarse los primeros efectos, sobre todo en esas unidades educativas que recién se vienen incorporando al mundo de la alta competencia, vale decir, los liceos de selección, sin dejar de lado aquellas escuelitas que luchan denodadamente para escapar de aquella zona tétrica donde titilan siniestros los semáforos rojos. En lo que respecta a aquellos colegios que tradicionalmente han campeado en las mediciones estándar, donde los docentes deben entregar su 24/7, la presión, el control y la exigencia es cosa establecida. Esos mismos maestros, que combinaban su quehacer entre los ámbitos particular y municipal, tenían la oportunidad de escapar a los claustros de los modestos colegios municipales, donde recuperaban fuerza, moderando su ímpetu y celo docente, en virtud de notablemente menor vigilancia aplicada a su quehacer. Pero todo ese “paraíso” hoy parece alejarse definitivamente. Existe un nuevo paradigma. Y este parece determinar que los logros y éxitos dependerían de aplicar la famosa estrategia del garrote y la zanahoria. Es sumamente extraordinario pensar que siglos y ríos de tinta escurridos en formular teorías educativas de la más diversa ralea, hayan desembocado en esta conclusión, es decir, que para generar aprendizajes de calidad, es menester hacerle la vida imposible a los educadores y agobiar a los estudiantes. Los resultados prácticos no se están haciendo esperar: profesores estresados, que sienten que la espada de Damocles se cierne sobre su cansada cerviz; el fantasma del 5% discrecional a manos del director, los hace trotar o correr como alma que viese al maligno; estudiantes que ya acusan signos de agobio y que se desmayan en la sala y deben ser trasladados de urgencia a la unidad médica más cercana; organizaciones estudiantiles (en el liceo y la universidad) que se levantan en pie de guerra para oponerse a los cambios en las reglas del juego, sintiéndose pasados a llevar en sus derechos y dignidad (si para nosotros, los veteranos, tener ocho pruebas en una semana, reemplazar un examen por otro tipo de instrumento o limitar la celebración de un aniversario, no son cosas importantes, entonces “póngase usted un vestido viejo y de reojo en el espejo, haga marcha atrás…”). Nuestra preparación como educadores no es para imponer criterios y buscar nuestra autoafirmación, sino para entender la mentalidad de los niños y jóvenes, ofreciéndoles instancias de formación, las que no solo se encuentran entre las paredes de las salas o en las páginas de los libros. Sin embargo todo esto tiene una explicación. Se ha confundido educación con adiestramiento y la actividad educativa con el quehacer productivo. Lo único válido en la actualidad son los índices que arrojan los instrumentos de medición consagrados por la tecnología y el imperioso afán de estar a la altura de los países de la OCDE.
Pensamos que todos aquellos colegios que tienen talleres u horas destinadas exclusivamente para preparar el Simce o la Psu, deberían ser sancionados por fraude. El éxito en esas mediciones debería ser el producto de un trabajo honrado y acucioso basado en los programas oficiales del Ministerio de Educación. Si no, para qué existen, sería una farsa. Entiendo que la orientación ahora sería minimizar la presencia de estos talleres. Ahora, TODO el quehacer curricular es una enorme y hegemónica preparación para la temida medición. En un colegio del norte, un grupo de excelentes alumnos se rebeló contra el simcismo, exigiendo el trato in extenso de los programas, especialmente en matemática, dejado de lado por el adiestramiento al cual estaban sometidos. Y triunfaron.