Los mitos son modelos explicativos que surgen de un proceso de concientización casi imperceptible en la comprensión de una comunidad. A menudo tienen una base empírica, es decir, tienen como punto de partida un hecho concreto, experimentado sin mayor análisis por parte de las personas. Basta con que adquiera cierta categoría levemente superior a las ideas que flotan de aquí para allá en las mentes, para que el colectivo los asuma como conocimiento válido y aceptable, útil para explicar o justificar determinados fenómenos y, por ende, conductas y procederes. Y esto es así, porque nuestro actuar depende de los discursos que uno se elabore para sí, o que la sociedad construye para establecer patrones de conducta y cosmovisiones que justifiquen el devenir propio y los avances o vacilaciones en su desenvolvimiento histórico. Entonces, el mito, constituye una entelequia con la cual convivimos y a la que preservamos, porque viene a ser como las columnas que sostienen el entramado gnoseológico, el mismo que nos ofrece un marco de referencia para nuestro existir cotidiano e incluso nuestra noción de trascendencia. Con mayor razón aún le asignamos tal valor, si dichas entelequias poseen un supuesto emanado del ámbito científico, actual diosa inexorable de nuestra vida, y su tabernáculo, la tecnología.
La ciencia que arbitra todo, no solamente los fenómenos materiales caen bajo su jurisdicción, sino que también el comportamiento humano, el que ha sido medido, cuantificado y envasado en fórmulas que lo predicen y convierten en un material susceptible de ser analizado y utilizado de la manera más conveniente en este mercado de la información. Y la última palabra en la investigación científica es la disección que se está aplicando a aspectos que inocentemente creíamos que pertenecían al universo de lo inexplicable, específicamente al terreno de la fe. Algunas líneas de investigación sugieren que fenómenos como los milagros en el contexto religioso, corresponden a hechos explicables dentro de la dinámica de los comportamientos sociales y su interacción con la psiquis, combinación la cual desataría reacciones susceptibles de generar resultados, hasta el momento no del todo precisados, pero que estarían en proceso de serlo.
Ahora bien, como es la ciencia la que ha determinado la cosmovisión de occidente en los últimos 100 años o más, resulta necesario discriminar lo que, como en todo los contextos, lo que es paja molida de lo que es verdadero conocimiento. Obviamente, no podemos entrar en una discusión epistemológica en este lugar, pero es productivo insistir en lo pernicioso que resulta reemplazar saberes producto de milenios de aprendizaje práctico por parte de la humanidad, con descubrimientos que, a pesar de ser adquiridos mediante el proceso científico, suele tener corta duración, producto del mismo avance científico que falsea rápidamente planteamientos que durante un instante fueron considerados admisibles.
Esto en el plano educativo tiene una patente demostración. Desde que USA necesitó competir con la URSS en la carrera por colocar un hombre en la luna, apelando a un modelo educativo cuyo norte era la efectividad, vale decir, el conductismo, han sido múltiples los modelos experimentales aplicados y padecidos por los sufridos educandos. Y qué decir de los educadores, a los cuales se los tamizó con un delgada capa teórica para luego lanzarlos a una cruzada que, vistos los resultados, fue directa al fracaso. Humanismo, constructivismo, sociocognitivismo, teoría de la resistencia, hasta completar un círculo que nos retrotrae a postulados ya presentes en las principios de Platón, Pestalozzi, Decroly y Montessori, por nombrar algunos. Puesto que el modelo de las inteligencias múltiples de Gardner, por ejemplo, es, a nuestro juicio, un compilado de saberes acumulados por la experiencia de miles de educadores a través de la historia. De pronto surge un gurú que ordena en un texto estos conocimientos y se convierte en un éxito de librería. Por lo menos son recopilaciones de ideas interesantes y productivas, y no un manual de “consejos inspirados”, tan en boga entre los desorientados consumidores de bibliografía de poca monta.
En síntesis, los mitos no caen solo en el plano de la irracionalidad, sino que muchos tienen una base supuestamente científica, y por ese prestigio prestado, a menudo estamos pronto a cerrar los ojos a la evidencia, para aceptar preceptos cuyos nefastos resultados después son irreparables. Precisamente es la razón la que nos indica que no hay que desechar lo viejo por lo nuevo, por el mero hecho de la novedad, sino recordando que tanto los tangibles como intangibles que ofrece el mercado actual, han sido diseñados para ser desechables, respondiendo a la necesidad de la dinámica consumista. Por el contrario, ese conocimiento arribado luego de largas e incluso penosas vicisitudes, son como las obras de arte y los muebles finos, que han sido labrados lentamente y con exquisita dedicación.
Juan Gajardo Quintana
Página de opinión personal sobre cualquier tema, especialmente de educación. Se aceptan comentarios y críticas.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Su propina es mi sueldo
Las manos despellejadas de una joven estudiante me trajeron a mi horizonte mental una serie de ideas no muy alegres. El estado de esas manos no era precisamente porque hubiese estado preparando mote con lejía. Era el producto de su trabajo como empacadora en uno de los tantos supermercados que pueblan nuestro largo territorio. De tanto amarrar y cortar pita de polietileno, ya ni siquiera podía tomar un lápiz y dedicarse a lo que le corresponde de acuerdo a su edad: el estudio. “Fue su opción”- podría decir alguien, parodiando a un administrador municipal de hace algunos años, refiriéndose al trabajo abnegado de la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales de Linares. Posiblemente sea producto de su deseo de ganar algunas monedas. O la necesidad. Tal vez la instigación de padres con nociones particulares sobre lo que es la responsabilidad. El hecho es que una persona sin edad para laborar con todos los derechos inherentes a un trabajador, realiza una faena que le quita tiempo a sus legítimas aspiraciones de futuro. Y todo a vista y paciencia de una sociedad que demasiado ha hablado sobre el trabajo infantil, pero que fiel a los requerimientos del mercado, no se quiere pronunciar como debiera. Porque estos jóvenes -y adultos- que se desempeñan en esas tareas, son mano de obra gratuita, según entiendo y he podido constatar por sobrinos que por ahí se han desempeñado. En los almacenes y tiendas tradicionales, a esas que me llevaba mi padre cuando pequeñín, el personal, e incluso el dueño, se dignaban, y todavía lo hacen, envolver o envasar la mercadería. Según la filosofía actual, no es el personal del establecimiento quien lo hace, sino “agentes externos”, a los cuales el cliente debe cancelar-cuando se le antoja- el servicio prestado. Además, según me dijeron algunos “beneficiarios” de esta franquicia laboral, deben cancelar una mesada por ganarse el derecho de desenvolverse en la faena. Es la novedad más novedosa. Para que no se piense que se está explotando a la infancia ahora, se privilegia a estudiantes universitarios, de acuerdo a esas mismas fuentes, los cuales deben hacerse presente con una suma mínima que les garantice su “estabilidad” durante un período de tiempo. Interesante, ¿no? No he ido a entrevistar a los creadores de esta genialidad, tampoco a sus implementadores. Repito lo que los jóvenes, alegremente, me han revelado. Pero me preocupa, sí, me preocupa. Que se lleve a ultranza la máxima de que ”habiendo una necesidad, surge un mercado”.
Padres, educadores, autoridades, empresarios y los mismos imberbes trabajadores, participan de una mesa que no tiene la misma disposición de manjares. La fuente de fritangas está más cerca de unos que de otros. Muchos se quedan con el tenedor vacío en la mano o picoteando los últimos bocadillos que nadie aprecia. Y con la llegada de estas insignes fiestas que los hijos de la Patria esperamos con ansiedad, se siente más la urgencia de contar con algunas monedas y de allí que para muchos no existe el descanso, sino una desenfrenada carrera por reunir algunos céntimos que gastar en un frenesí vertiginoso que no sé si deja algún regusto agradable después de terminada la bacanal.
Hay que reconocer que la pujanza de la economía chilena se refleja en el desarrollo del comercio detallista, y en particular en los malls y supermercados, donde la capacidad de consumo de nuestros ciudadanos tiene su máxima expresión. Los rostros de los consumidores se ven radiantes cuando llenan sus carros o sus canastas, y qué decir los fines de mes con todo el magisterio haciendo sus pedidos. Es en estas ocasiones cuando nuestros héroes se disputan un lugar junto a las cajas y, por lo general, no salen defraudados. ¿Y de qué, entonces, nos podemos quejar? La verdad es que de buenas a primeras, de nada. Porque a corto plazo, todo es risas y congratulaciones, como en la mayoría de las situaciones. Sin embargo, casi siempre las francachelas tienen su efecto secundario que no quisiéramos. Y en el caso que discutimos, la virtud provoca acostumbramiento y terminamos asumiendo una realidad que no es normal o aconsejable. Podríamos incluso hablar de un mercado laboral informal, con la complicación que atañe a niños y jóvenes, que son los que más necesitan protección, pero que en esas condiciones experimentan la mayor falta de ella. La enorme contribución de estas empresas al mercado laboral es algo loable y que nadie discute, pero precisamente porque tienen esa enorme capacidad, tanto creativa como de gestión, es que uno espera que arriben a alternativas más apropiadas a la hora de ofrecer una oportunidad de trabajo.
Juan Gajardo Quintana
Padres, educadores, autoridades, empresarios y los mismos imberbes trabajadores, participan de una mesa que no tiene la misma disposición de manjares. La fuente de fritangas está más cerca de unos que de otros. Muchos se quedan con el tenedor vacío en la mano o picoteando los últimos bocadillos que nadie aprecia. Y con la llegada de estas insignes fiestas que los hijos de la Patria esperamos con ansiedad, se siente más la urgencia de contar con algunas monedas y de allí que para muchos no existe el descanso, sino una desenfrenada carrera por reunir algunos céntimos que gastar en un frenesí vertiginoso que no sé si deja algún regusto agradable después de terminada la bacanal.
Hay que reconocer que la pujanza de la economía chilena se refleja en el desarrollo del comercio detallista, y en particular en los malls y supermercados, donde la capacidad de consumo de nuestros ciudadanos tiene su máxima expresión. Los rostros de los consumidores se ven radiantes cuando llenan sus carros o sus canastas, y qué decir los fines de mes con todo el magisterio haciendo sus pedidos. Es en estas ocasiones cuando nuestros héroes se disputan un lugar junto a las cajas y, por lo general, no salen defraudados. ¿Y de qué, entonces, nos podemos quejar? La verdad es que de buenas a primeras, de nada. Porque a corto plazo, todo es risas y congratulaciones, como en la mayoría de las situaciones. Sin embargo, casi siempre las francachelas tienen su efecto secundario que no quisiéramos. Y en el caso que discutimos, la virtud provoca acostumbramiento y terminamos asumiendo una realidad que no es normal o aconsejable. Podríamos incluso hablar de un mercado laboral informal, con la complicación que atañe a niños y jóvenes, que son los que más necesitan protección, pero que en esas condiciones experimentan la mayor falta de ella. La enorme contribución de estas empresas al mercado laboral es algo loable y que nadie discute, pero precisamente porque tienen esa enorme capacidad, tanto creativa como de gestión, es que uno espera que arriben a alternativas más apropiadas a la hora de ofrecer una oportunidad de trabajo.
Juan Gajardo Quintana
lunes, 6 de septiembre de 2010
Opiniones que valen
Juan O. Gajardo Quintana
Todos, o casi todos, conocen la sentencia según la cual “hay que tomar las palabras según de quien vienen” y, cual más, cual menos, la ha hecho suya, especialmente cuando se trata de salvaguardar su dignidad o de solapar algún orgullo herido. No deja esta frase de poseer un inflexión despectiva, en el sentido que habrían algunas personas cuya opinión o aseveración acerca de alguna materia, persona u otro aspecto de la realidad, no avalarían con su condición la calidad de lo expresado. La operación, entonces, consiste en asociar el valor del juicio emitido con las características, posición o situación del emisor. De esta forma, habrían individuos a los cuales no es menester prestar atención en virtud de sus particulares condiciones, las cuales desmerecerían su opinión ante su receptor. No obstante, sabemos que el lenguaje es mucho más de lo que se dice y en su complejidad esconde intenciones, formas de ver la vida, debilidades, carencias, etc.. Por otra parte, la volubilidad del mensaje verbal no estriba solo en su configuración al ser emitido, sino también, tanto o más, en la forma en que es recibido, en cuya estructura confluyen capacidades, limitaciones, prejuicios y temores, entre otros elementos. De esta forma, la aserción que encabeza este artículo, tendría su necesaria complementariedad en el proverbio ese que dice que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Este tipo de sordo no quiere o no puede descifrar el mensaje. De ahí que cierre el entendimiento y se parapete en el cómodo aserto de “tomar las palabras según de quien vienen”. Aquellos mensajes, verbales o en el código que sea (icónico, como en la pintura o el cine, por ejemplo), cuando no se está en condiciones de ser “entendido” o “aceptado”, producen en el receptor una reacción que puede ir desde la simple indiferencia hasta la agresividad más franca. Esto es válido a todo nivel. Desde la diplomacia, pasando por los ámbitos de las artes o en el llano mundo de las conversaciones cotidianas. La resistencia a los mensajes “inaceptables” o “ininteligibles”, está en la raíz del fracaso de muchas iniciativas que pudieran haber tenido beneficiosos efectos de haberse entendido o aceptado. Como dijo un gran lingüista danés, las guerras tanto entre las naciones como en el terreno de amor, han tenido siempre una raíz semántica. No obstante lo dicho, no todo, al menos para mí, es tan gratuito o “simple”, si cabe este calificativo en el contexto de los intrincados fenómenos lingüísticos. Yo creo firmemente que si la democracia permite, autoriza y promueve la emisión de opiniones, el sentido común, la prudencia y aún la conveniencia, aconsejan no abusar de este derecho y aún más, debería estar restringido por la buena educación en la mayoría de los casos. Esto debido a una concepción muy simple: la opinión que no está fundada en datos aportados por la razón, la experiencia, el conocimiento o la sabiduría, es del todo prescindible y hasta peligrosa. Cuántas fortunas, prestigios y hasta vidas humanas ha costado el poner oído a las vanas palabrerías pronunciadas teniendo como fuente la ignorancia, el capricho o la malicia de determinados individuos o amparadas por la opinión de la mayoría, cuyo sustento ha sido el “todos los dicen” o el falso sentido común, que es escasamente común en nuestras comunidades en las que nos tocó nacer. Y cuán propensos son los individuos a emitir opiniones gratuitas, sin el menor escrúpulo ante la carencia de bases válidas y sostenibles. Para complementar el vicio, se suma el prurito de oír y oír, cuanta afirmación salga de los íconos comunicacionales del momento, sin discriminar si el sujeto es merecedor de la atención, merced a sus antecedentes y pergaminos. Y existiendo una necesidad, surge un mercado. Y como resultado una explosión de ofertas de opinólogos al por mayor, en su gran mayoría personas cuya insulsez e indigencia cultural o intelectual, los hace, por arte de la contradicción propia de la cultura de las masas, meritorios y acreedores de la atención de estas. Puesto que así como se es indolente para emitir, esa cualidad se repite al recepcionar los mensajes. Si el enunciado exhibe el menor atisbo de complejidad, inmediatamente es desechado como algo oscuro y digno para la cátedra, donde será nuevamente resistido y finalmente morirá de inanición como los dioses del panteón egipcio, famélicos por la carencia de devotos. En fin, así como por lo general, somos flojos para pensar y construir mensajes con sentido, también los somos para escuchar y decodificar, inferir o interpretar la información que llega a nosotros y esto lo sabe gente más lúcida que ha hecho de la manipulación de la conducta de las masas, una verdadera y efectiva ciencia del comportamiento humano.
Todos, o casi todos, conocen la sentencia según la cual “hay que tomar las palabras según de quien vienen” y, cual más, cual menos, la ha hecho suya, especialmente cuando se trata de salvaguardar su dignidad o de solapar algún orgullo herido. No deja esta frase de poseer un inflexión despectiva, en el sentido que habrían algunas personas cuya opinión o aseveración acerca de alguna materia, persona u otro aspecto de la realidad, no avalarían con su condición la calidad de lo expresado. La operación, entonces, consiste en asociar el valor del juicio emitido con las características, posición o situación del emisor. De esta forma, habrían individuos a los cuales no es menester prestar atención en virtud de sus particulares condiciones, las cuales desmerecerían su opinión ante su receptor. No obstante, sabemos que el lenguaje es mucho más de lo que se dice y en su complejidad esconde intenciones, formas de ver la vida, debilidades, carencias, etc.. Por otra parte, la volubilidad del mensaje verbal no estriba solo en su configuración al ser emitido, sino también, tanto o más, en la forma en que es recibido, en cuya estructura confluyen capacidades, limitaciones, prejuicios y temores, entre otros elementos. De esta forma, la aserción que encabeza este artículo, tendría su necesaria complementariedad en el proverbio ese que dice que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Este tipo de sordo no quiere o no puede descifrar el mensaje. De ahí que cierre el entendimiento y se parapete en el cómodo aserto de “tomar las palabras según de quien vienen”. Aquellos mensajes, verbales o en el código que sea (icónico, como en la pintura o el cine, por ejemplo), cuando no se está en condiciones de ser “entendido” o “aceptado”, producen en el receptor una reacción que puede ir desde la simple indiferencia hasta la agresividad más franca. Esto es válido a todo nivel. Desde la diplomacia, pasando por los ámbitos de las artes o en el llano mundo de las conversaciones cotidianas. La resistencia a los mensajes “inaceptables” o “ininteligibles”, está en la raíz del fracaso de muchas iniciativas que pudieran haber tenido beneficiosos efectos de haberse entendido o aceptado. Como dijo un gran lingüista danés, las guerras tanto entre las naciones como en el terreno de amor, han tenido siempre una raíz semántica. No obstante lo dicho, no todo, al menos para mí, es tan gratuito o “simple”, si cabe este calificativo en el contexto de los intrincados fenómenos lingüísticos. Yo creo firmemente que si la democracia permite, autoriza y promueve la emisión de opiniones, el sentido común, la prudencia y aún la conveniencia, aconsejan no abusar de este derecho y aún más, debería estar restringido por la buena educación en la mayoría de los casos. Esto debido a una concepción muy simple: la opinión que no está fundada en datos aportados por la razón, la experiencia, el conocimiento o la sabiduría, es del todo prescindible y hasta peligrosa. Cuántas fortunas, prestigios y hasta vidas humanas ha costado el poner oído a las vanas palabrerías pronunciadas teniendo como fuente la ignorancia, el capricho o la malicia de determinados individuos o amparadas por la opinión de la mayoría, cuyo sustento ha sido el “todos los dicen” o el falso sentido común, que es escasamente común en nuestras comunidades en las que nos tocó nacer. Y cuán propensos son los individuos a emitir opiniones gratuitas, sin el menor escrúpulo ante la carencia de bases válidas y sostenibles. Para complementar el vicio, se suma el prurito de oír y oír, cuanta afirmación salga de los íconos comunicacionales del momento, sin discriminar si el sujeto es merecedor de la atención, merced a sus antecedentes y pergaminos. Y existiendo una necesidad, surge un mercado. Y como resultado una explosión de ofertas de opinólogos al por mayor, en su gran mayoría personas cuya insulsez e indigencia cultural o intelectual, los hace, por arte de la contradicción propia de la cultura de las masas, meritorios y acreedores de la atención de estas. Puesto que así como se es indolente para emitir, esa cualidad se repite al recepcionar los mensajes. Si el enunciado exhibe el menor atisbo de complejidad, inmediatamente es desechado como algo oscuro y digno para la cátedra, donde será nuevamente resistido y finalmente morirá de inanición como los dioses del panteón egipcio, famélicos por la carencia de devotos. En fin, así como por lo general, somos flojos para pensar y construir mensajes con sentido, también los somos para escuchar y decodificar, inferir o interpretar la información que llega a nosotros y esto lo sabe gente más lúcida que ha hecho de la manipulación de la conducta de las masas, una verdadera y efectiva ciencia del comportamiento humano.
domingo, 1 de agosto de 2010
Directores en la mira
Cualquiera sabe que la dirección de los establecimientos educacionales ha sido tradicionalmente un cementerio de elefantes. Los educadores, después de una larga y sacrificada carrera, eran considerados suficientemente aporreados como para tomar un merecido reposo en una oficina un poco más confortable que una sala de clases. Y si de paso, su presencia allí significaba algún aporte al proceso educativo, aunque sea como fruto de la experiencia, nos podíamos dar por felices. Así, nos acostumbramos por décadas a la imagen adusta, aunque bondadosa del director enfundado en un rígido y severo traje oscuro o la maestra que con mano firme, pero maternal señalaba a los alumnos y alumnas (como se usa decir ahora), aspectos vitales y trascendentes como el nudo de la corbata o el largo del uniforme. Todo esto adornado, además por el halo de sabiduría y comprensión que confirmaba la blanca aureola de canosa respetabilidad. Los tiempos cambian, también los arquetipos, pero determinadas cuestiones perduran inclaudicablemente. Tal es el caso de los fines de la educación que, antes como ahora tienden a lo mismo: la realización de las plenitudes humanas. Pueden variar determinados objetivos conforme a las nuevas visiones y necesidades sociales, como por ejemplo el perfil de hombre o mujer que la sociedad requiere para su consolidación y funcionamiento. Ayer el ideal era una persona culta y universalista, hoy el énfasis están en las competencias necesarias, habilidades prácticas y funcionales, para desempeñarse productivamente. Pero el trasfondo sigue siendo el mismo: la inserción del sujeto en el entramado social, de acuerdo a las expectativas de la comunidad, en su sentido amplio. Otra cosa que al parecer no ha variado, es precisamente, identificar los lustros trajinados por el individuo, con la sapiencia inherente al paso de los años. Pero esto es un fenómeno que perdura solamente en el ámbito educacional, pues en el feroz mundo empresarial, productor de bienes y servicios, los años no cuentan, sino todo lo contrario: la energía y versatilidad de la juventud es lo primordial. Se menosprecia, por tanto, todo lo que huela a tradición, a espíritu cancino y analítico, sinónimo de lentitud y anquilosamiento.
Sin embargo, la preferencia en lo educativo por lo venerable, también ha experimentado algunas novedades. Ya no basta exhibir un recorrido vital significativo; es necesario avalarlo con hermosos y onerosos (así, rimado) cartones expedidos por las numerosas universidades e institutos que explosionaron en Chile en las últimas décadas. Porque el ritmo de trabajo en nuestra nación permite que los docentes mientras realizan su accionar educativo, tengan tiempo de acceder a postítulos y post grados a destajo. Caso único en el mundo, ya que en países con niveles superiores de logro, los maestros son becados y abandonan el aula durante el período de su perfeccionamiento. Por otra parte, en esas naciones no se han hecho necesarios tantos másteres, sino expertos en realizar la tarea en la sala de clases: planificadores, docentes de aula y evaluadores.
Volviendo a nuestro objeto del comentario de hoy, los nunca suficientemente bien ponderados directores, quizás ya no tan rodeados de la plateada aura merced a las maravillas de la cosmetología actual, pero igual de respetados y quizás temidos, producto de la inamovilidad de un lustro, cinco años, que le brinda la normativa vigente. Al Ministro de Educación le preocupa sobremanera el cometido de estos líderes educacionales, pues está suficientemente investigado que un competente titular de una unidad influye decisivamente en los éxitos de la gestión educativa. Y los resultados que conoce el país no son buenos. Menudean, por otra parte, las opiniones de profesores que declaran las dificultosas o nulas relaciones con su superior jerárquico, la prescindencia de este de la opinión de los cuerpos técnicos del colegio y la notoria lejanía con alumnos y apoderados. Es cierto, asumir la dirección de una entidad a la cual, por lo general, se arriba como un recién llegado, resulta a veces, toda una aventura. Error común es querer realizar cambios drásticos, cuando la prudencia recomienda observar, conocer primero, hacerse asesorar por las entidades legítimamente constituidas en la estructura organizativa y concitar el apoyo y consenso de los dirigidos. El problema, por contraparte, que se presenta cuando el líder surge de las mismas filas, es previsible: cierta reticencia o pudor en imponer autoridad y subsecuente desemboque en la inercia. Común y comprensible, considerando la debilidad de la naturaleza humana, es que el líder caiga en una actitud de autodefensa, rodeándose de aquellos que le deparan simpatía y que a la postre se convierten en un poder a la sombra, a favor del cual el pobre sujeto se ve conminado a gobernar. Y esto, mis amigos, es más común de lo que quisiéramos, según se puede constatar en la experiencia de muchos y sufridos maestros y en el paupérrimo rendimiento de los equipos educativos de los colegios públicos a lo largo de nuestro territorio. La preparación especializada, entonces, se hace perentoria. No para que investiguen o pretendan realizar tareas a nivel macrosistémico, sino con el fin de atender de manera eficaz los heterogéneos desafíos del centro bajo su responsabilidad. Finalmente, queda solo por agregar que los dotes de líder no se adquiere con un arancel mensual. La lucidez, la empatía, la visión estratégica, la capacidad organizativa y un profundo espíritu de equipo, son cualidades que se pueden perfeccionar, pero no surgen mediante unos cuantos semestres académicos.
Sin embargo, la preferencia en lo educativo por lo venerable, también ha experimentado algunas novedades. Ya no basta exhibir un recorrido vital significativo; es necesario avalarlo con hermosos y onerosos (así, rimado) cartones expedidos por las numerosas universidades e institutos que explosionaron en Chile en las últimas décadas. Porque el ritmo de trabajo en nuestra nación permite que los docentes mientras realizan su accionar educativo, tengan tiempo de acceder a postítulos y post grados a destajo. Caso único en el mundo, ya que en países con niveles superiores de logro, los maestros son becados y abandonan el aula durante el período de su perfeccionamiento. Por otra parte, en esas naciones no se han hecho necesarios tantos másteres, sino expertos en realizar la tarea en la sala de clases: planificadores, docentes de aula y evaluadores.
Volviendo a nuestro objeto del comentario de hoy, los nunca suficientemente bien ponderados directores, quizás ya no tan rodeados de la plateada aura merced a las maravillas de la cosmetología actual, pero igual de respetados y quizás temidos, producto de la inamovilidad de un lustro, cinco años, que le brinda la normativa vigente. Al Ministro de Educación le preocupa sobremanera el cometido de estos líderes educacionales, pues está suficientemente investigado que un competente titular de una unidad influye decisivamente en los éxitos de la gestión educativa. Y los resultados que conoce el país no son buenos. Menudean, por otra parte, las opiniones de profesores que declaran las dificultosas o nulas relaciones con su superior jerárquico, la prescindencia de este de la opinión de los cuerpos técnicos del colegio y la notoria lejanía con alumnos y apoderados. Es cierto, asumir la dirección de una entidad a la cual, por lo general, se arriba como un recién llegado, resulta a veces, toda una aventura. Error común es querer realizar cambios drásticos, cuando la prudencia recomienda observar, conocer primero, hacerse asesorar por las entidades legítimamente constituidas en la estructura organizativa y concitar el apoyo y consenso de los dirigidos. El problema, por contraparte, que se presenta cuando el líder surge de las mismas filas, es previsible: cierta reticencia o pudor en imponer autoridad y subsecuente desemboque en la inercia. Común y comprensible, considerando la debilidad de la naturaleza humana, es que el líder caiga en una actitud de autodefensa, rodeándose de aquellos que le deparan simpatía y que a la postre se convierten en un poder a la sombra, a favor del cual el pobre sujeto se ve conminado a gobernar. Y esto, mis amigos, es más común de lo que quisiéramos, según se puede constatar en la experiencia de muchos y sufridos maestros y en el paupérrimo rendimiento de los equipos educativos de los colegios públicos a lo largo de nuestro territorio. La preparación especializada, entonces, se hace perentoria. No para que investiguen o pretendan realizar tareas a nivel macrosistémico, sino con el fin de atender de manera eficaz los heterogéneos desafíos del centro bajo su responsabilidad. Finalmente, queda solo por agregar que los dotes de líder no se adquiere con un arancel mensual. La lucidez, la empatía, la visión estratégica, la capacidad organizativa y un profundo espíritu de equipo, son cualidades que se pueden perfeccionar, pero no surgen mediante unos cuantos semestres académicos.
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