Juan O. Gajardo Quintana
Todos, o casi todos, conocen la sentencia según la cual “hay que tomar las palabras según de quien vienen” y, cual más, cual menos, la ha hecho suya, especialmente cuando se trata de salvaguardar su dignidad o de solapar algún orgullo herido. No deja esta frase de poseer un inflexión despectiva, en el sentido que habrían algunas personas cuya opinión o aseveración acerca de alguna materia, persona u otro aspecto de la realidad, no avalarían con su condición la calidad de lo expresado. La operación, entonces, consiste en asociar el valor del juicio emitido con las características, posición o situación del emisor. De esta forma, habrían individuos a los cuales no es menester prestar atención en virtud de sus particulares condiciones, las cuales desmerecerían su opinión ante su receptor. No obstante, sabemos que el lenguaje es mucho más de lo que se dice y en su complejidad esconde intenciones, formas de ver la vida, debilidades, carencias, etc.. Por otra parte, la volubilidad del mensaje verbal no estriba solo en su configuración al ser emitido, sino también, tanto o más, en la forma en que es recibido, en cuya estructura confluyen capacidades, limitaciones, prejuicios y temores, entre otros elementos. De esta forma, la aserción que encabeza este artículo, tendría su necesaria complementariedad en el proverbio ese que dice que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Este tipo de sordo no quiere o no puede descifrar el mensaje. De ahí que cierre el entendimiento y se parapete en el cómodo aserto de “tomar las palabras según de quien vienen”. Aquellos mensajes, verbales o en el código que sea (icónico, como en la pintura o el cine, por ejemplo), cuando no se está en condiciones de ser “entendido” o “aceptado”, producen en el receptor una reacción que puede ir desde la simple indiferencia hasta la agresividad más franca. Esto es válido a todo nivel. Desde la diplomacia, pasando por los ámbitos de las artes o en el llano mundo de las conversaciones cotidianas. La resistencia a los mensajes “inaceptables” o “ininteligibles”, está en la raíz del fracaso de muchas iniciativas que pudieran haber tenido beneficiosos efectos de haberse entendido o aceptado. Como dijo un gran lingüista danés, las guerras tanto entre las naciones como en el terreno de amor, han tenido siempre una raíz semántica. No obstante lo dicho, no todo, al menos para mí, es tan gratuito o “simple”, si cabe este calificativo en el contexto de los intrincados fenómenos lingüísticos. Yo creo firmemente que si la democracia permite, autoriza y promueve la emisión de opiniones, el sentido común, la prudencia y aún la conveniencia, aconsejan no abusar de este derecho y aún más, debería estar restringido por la buena educación en la mayoría de los casos. Esto debido a una concepción muy simple: la opinión que no está fundada en datos aportados por la razón, la experiencia, el conocimiento o la sabiduría, es del todo prescindible y hasta peligrosa. Cuántas fortunas, prestigios y hasta vidas humanas ha costado el poner oído a las vanas palabrerías pronunciadas teniendo como fuente la ignorancia, el capricho o la malicia de determinados individuos o amparadas por la opinión de la mayoría, cuyo sustento ha sido el “todos los dicen” o el falso sentido común, que es escasamente común en nuestras comunidades en las que nos tocó nacer. Y cuán propensos son los individuos a emitir opiniones gratuitas, sin el menor escrúpulo ante la carencia de bases válidas y sostenibles. Para complementar el vicio, se suma el prurito de oír y oír, cuanta afirmación salga de los íconos comunicacionales del momento, sin discriminar si el sujeto es merecedor de la atención, merced a sus antecedentes y pergaminos. Y existiendo una necesidad, surge un mercado. Y como resultado una explosión de ofertas de opinólogos al por mayor, en su gran mayoría personas cuya insulsez e indigencia cultural o intelectual, los hace, por arte de la contradicción propia de la cultura de las masas, meritorios y acreedores de la atención de estas. Puesto que así como se es indolente para emitir, esa cualidad se repite al recepcionar los mensajes. Si el enunciado exhibe el menor atisbo de complejidad, inmediatamente es desechado como algo oscuro y digno para la cátedra, donde será nuevamente resistido y finalmente morirá de inanición como los dioses del panteón egipcio, famélicos por la carencia de devotos. En fin, así como por lo general, somos flojos para pensar y construir mensajes con sentido, también los somos para escuchar y decodificar, inferir o interpretar la información que llega a nosotros y esto lo sabe gente más lúcida que ha hecho de la manipulación de la conducta de las masas, una verdadera y efectiva ciencia del comportamiento humano.
Página de opinión personal sobre cualquier tema, especialmente de educación. Se aceptan comentarios y críticas.
lunes, 6 de septiembre de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
Directores en la mira
Cualquiera sabe que la dirección de los establecimientos educacionales ha sido tradicionalmente un cementerio de elefantes. Los educadores, después de una larga y sacrificada carrera, eran considerados suficientemente aporreados como para tomar un merecido reposo en una oficina un poco más confortable que una sala de clases. Y si de paso, su presencia allí significaba algún aporte al proceso educativo, aunque sea como fruto de la experiencia, nos podíamos dar por felices. Así, nos acostumbramos por décadas a la imagen adusta, aunque bondadosa del director enfundado en un rígido y severo traje oscuro o la maestra que con mano firme, pero maternal señalaba a los alumnos y alumnas (como se usa decir ahora), aspectos vitales y trascendentes como el nudo de la corbata o el largo del uniforme. Todo esto adornado, además por el halo de sabiduría y comprensión que confirmaba la blanca aureola de canosa respetabilidad. Los tiempos cambian, también los arquetipos, pero determinadas cuestiones perduran inclaudicablemente. Tal es el caso de los fines de la educación que, antes como ahora tienden a lo mismo: la realización de las plenitudes humanas. Pueden variar determinados objetivos conforme a las nuevas visiones y necesidades sociales, como por ejemplo el perfil de hombre o mujer que la sociedad requiere para su consolidación y funcionamiento. Ayer el ideal era una persona culta y universalista, hoy el énfasis están en las competencias necesarias, habilidades prácticas y funcionales, para desempeñarse productivamente. Pero el trasfondo sigue siendo el mismo: la inserción del sujeto en el entramado social, de acuerdo a las expectativas de la comunidad, en su sentido amplio. Otra cosa que al parecer no ha variado, es precisamente, identificar los lustros trajinados por el individuo, con la sapiencia inherente al paso de los años. Pero esto es un fenómeno que perdura solamente en el ámbito educacional, pues en el feroz mundo empresarial, productor de bienes y servicios, los años no cuentan, sino todo lo contrario: la energía y versatilidad de la juventud es lo primordial. Se menosprecia, por tanto, todo lo que huela a tradición, a espíritu cancino y analítico, sinónimo de lentitud y anquilosamiento.
Sin embargo, la preferencia en lo educativo por lo venerable, también ha experimentado algunas novedades. Ya no basta exhibir un recorrido vital significativo; es necesario avalarlo con hermosos y onerosos (así, rimado) cartones expedidos por las numerosas universidades e institutos que explosionaron en Chile en las últimas décadas. Porque el ritmo de trabajo en nuestra nación permite que los docentes mientras realizan su accionar educativo, tengan tiempo de acceder a postítulos y post grados a destajo. Caso único en el mundo, ya que en países con niveles superiores de logro, los maestros son becados y abandonan el aula durante el período de su perfeccionamiento. Por otra parte, en esas naciones no se han hecho necesarios tantos másteres, sino expertos en realizar la tarea en la sala de clases: planificadores, docentes de aula y evaluadores.
Volviendo a nuestro objeto del comentario de hoy, los nunca suficientemente bien ponderados directores, quizás ya no tan rodeados de la plateada aura merced a las maravillas de la cosmetología actual, pero igual de respetados y quizás temidos, producto de la inamovilidad de un lustro, cinco años, que le brinda la normativa vigente. Al Ministro de Educación le preocupa sobremanera el cometido de estos líderes educacionales, pues está suficientemente investigado que un competente titular de una unidad influye decisivamente en los éxitos de la gestión educativa. Y los resultados que conoce el país no son buenos. Menudean, por otra parte, las opiniones de profesores que declaran las dificultosas o nulas relaciones con su superior jerárquico, la prescindencia de este de la opinión de los cuerpos técnicos del colegio y la notoria lejanía con alumnos y apoderados. Es cierto, asumir la dirección de una entidad a la cual, por lo general, se arriba como un recién llegado, resulta a veces, toda una aventura. Error común es querer realizar cambios drásticos, cuando la prudencia recomienda observar, conocer primero, hacerse asesorar por las entidades legítimamente constituidas en la estructura organizativa y concitar el apoyo y consenso de los dirigidos. El problema, por contraparte, que se presenta cuando el líder surge de las mismas filas, es previsible: cierta reticencia o pudor en imponer autoridad y subsecuente desemboque en la inercia. Común y comprensible, considerando la debilidad de la naturaleza humana, es que el líder caiga en una actitud de autodefensa, rodeándose de aquellos que le deparan simpatía y que a la postre se convierten en un poder a la sombra, a favor del cual el pobre sujeto se ve conminado a gobernar. Y esto, mis amigos, es más común de lo que quisiéramos, según se puede constatar en la experiencia de muchos y sufridos maestros y en el paupérrimo rendimiento de los equipos educativos de los colegios públicos a lo largo de nuestro territorio. La preparación especializada, entonces, se hace perentoria. No para que investiguen o pretendan realizar tareas a nivel macrosistémico, sino con el fin de atender de manera eficaz los heterogéneos desafíos del centro bajo su responsabilidad. Finalmente, queda solo por agregar que los dotes de líder no se adquiere con un arancel mensual. La lucidez, la empatía, la visión estratégica, la capacidad organizativa y un profundo espíritu de equipo, son cualidades que se pueden perfeccionar, pero no surgen mediante unos cuantos semestres académicos.
Sin embargo, la preferencia en lo educativo por lo venerable, también ha experimentado algunas novedades. Ya no basta exhibir un recorrido vital significativo; es necesario avalarlo con hermosos y onerosos (así, rimado) cartones expedidos por las numerosas universidades e institutos que explosionaron en Chile en las últimas décadas. Porque el ritmo de trabajo en nuestra nación permite que los docentes mientras realizan su accionar educativo, tengan tiempo de acceder a postítulos y post grados a destajo. Caso único en el mundo, ya que en países con niveles superiores de logro, los maestros son becados y abandonan el aula durante el período de su perfeccionamiento. Por otra parte, en esas naciones no se han hecho necesarios tantos másteres, sino expertos en realizar la tarea en la sala de clases: planificadores, docentes de aula y evaluadores.
Volviendo a nuestro objeto del comentario de hoy, los nunca suficientemente bien ponderados directores, quizás ya no tan rodeados de la plateada aura merced a las maravillas de la cosmetología actual, pero igual de respetados y quizás temidos, producto de la inamovilidad de un lustro, cinco años, que le brinda la normativa vigente. Al Ministro de Educación le preocupa sobremanera el cometido de estos líderes educacionales, pues está suficientemente investigado que un competente titular de una unidad influye decisivamente en los éxitos de la gestión educativa. Y los resultados que conoce el país no son buenos. Menudean, por otra parte, las opiniones de profesores que declaran las dificultosas o nulas relaciones con su superior jerárquico, la prescindencia de este de la opinión de los cuerpos técnicos del colegio y la notoria lejanía con alumnos y apoderados. Es cierto, asumir la dirección de una entidad a la cual, por lo general, se arriba como un recién llegado, resulta a veces, toda una aventura. Error común es querer realizar cambios drásticos, cuando la prudencia recomienda observar, conocer primero, hacerse asesorar por las entidades legítimamente constituidas en la estructura organizativa y concitar el apoyo y consenso de los dirigidos. El problema, por contraparte, que se presenta cuando el líder surge de las mismas filas, es previsible: cierta reticencia o pudor en imponer autoridad y subsecuente desemboque en la inercia. Común y comprensible, considerando la debilidad de la naturaleza humana, es que el líder caiga en una actitud de autodefensa, rodeándose de aquellos que le deparan simpatía y que a la postre se convierten en un poder a la sombra, a favor del cual el pobre sujeto se ve conminado a gobernar. Y esto, mis amigos, es más común de lo que quisiéramos, según se puede constatar en la experiencia de muchos y sufridos maestros y en el paupérrimo rendimiento de los equipos educativos de los colegios públicos a lo largo de nuestro territorio. La preparación especializada, entonces, se hace perentoria. No para que investiguen o pretendan realizar tareas a nivel macrosistémico, sino con el fin de atender de manera eficaz los heterogéneos desafíos del centro bajo su responsabilidad. Finalmente, queda solo por agregar que los dotes de líder no se adquiere con un arancel mensual. La lucidez, la empatía, la visión estratégica, la capacidad organizativa y un profundo espíritu de equipo, son cualidades que se pueden perfeccionar, pero no surgen mediante unos cuantos semestres académicos.
domingo, 18 de julio de 2010
“¿Desperdiciar en los animales, habiendo personas que necesitan?”
A quienes he oído expresarse de esa forma, les he preguntado, y les pregunto ahora, cuántas veces han metido la mano en su bolsillo, para solucionarle la vida, o parte de ella, a un prójimo. ¿No es cierto que resulta más fácil esperar que los demás lo hagan, haciéndole una finta al necesitado, o esperar que todo se solucione echando mano a las arcas públicas?
Pero lo cierto es que el problema está, por mucho que miremos hacia otro lado. Los animales han coexistido con la especie humana por milenios. Más lejos o más cerca, pero allí están. La lejanía o la cercanía ha dependido en parte de nosotros, pues hemos estimulado su domesticación para servirnos de ellos, en tanto que las poblaciones de animales silvestres han experimentado drásticamente nuestra acción “civilizadora”.
La civilización comprende, entre otras cosas, hábitos alimenticios, y esta adaptación cultural tiene su origen en necesidades naturales. No somos autótrofos, es decir, no tenemos la capacidad de fabricar nuestro propio alimento como lo hacen las plantas, eso nos obliga a devorar a otros seres. Y como no nos basta con los vegetales, para complementar nuestra ración de proteínas, debemos recurrir a nuestros camaradas del reino animal. Es inevitable que esto sea percibido como una desgracia para quienes aman y se compadecen de los demás seres. Si tuviéramos autonomía en la producción de los nutrientes que requerimos, tal vez otro gallo estaría cantando. ¿Se imaginan una civilización de vegetales inteligentes? Está de más decir que importantes rubros de los supermercados no existiría y determinados “commodities” que sustentan la economía de naciones enteras, no tendrían razón de ser. Material para un escritor de ciencia ficción.
Mientras tanto, la utilidad que hemos obtenido de los animales, obviamente nos dejado la noción casi indeleble que constituyen recursos de los cuales podemos disponer de acuerdo a nuestra conveniencia y necesidades. Como alimento, como fuerza de trabajo, material de guerra (aún hoy los asnos son utilizados en el candente escenario del Medio Oriente para agredir a los adversarios), compañía y medios para nuestra diversión, estos seres se han convertido en parte de nuestro ordinario repertorio de elementos desechables y reemplazables.
Y como todas las cosas de las que nos sentimos propietarios, hacemos lo que se nos antoja con ellas y nos damos lujos que, en última ratio, se traducen en consecuencias lamentables: abandono, desperdicio, hacinamiento, focos de contaminación y enfermedades. Y piénsese que idénticas actitudes muchas veces tendemos a replicarlas con nuestros prójimos. Vale decir, la conducta que desarrollamos con las cosas, con los animales de extiende también con las personas. Cuando las virtudes cardinales de las que nos hablaba Platón se asientan en el individuo, tienen validez en su relación con el mundo en su conjunto. El hombre no es justo o injusto a veces, en determinadas circunstancias, sino que su naturaleza se manifiesta en cada una de sus conductas y en contacto con las múltiples circunstancias que le toca vivir.
Es impresionante constatar en la historia, casos monstruosos de crueldad con los animales, que tenían su correlato en un sadismo exacerbado hacia las personas. No mencionaremos a los archiconocidos emperadores romanos Calígula y Nerón (curiosamente nombre muy utilizado durante décadas para los canes), sino que más recientemente, en la década de los setenta, el tristemente famoso gobernante de Uganda Idi Amin Dada, campeón de boxeo de todos los pesos en su país y analfabeto, extremadamente feroz con sus semejantes y que exterminó poblaciones completas de animales silvestres, especialmente elefantes, con fines de enriquecimiento personal y de sus partidarios. Paralelo a ello, se empeñó en una “cruzada” de purificación racial, dejando sembrado el territorio de generaciones completas de huérfanos. Tanto los descendientes humanos como animales de aquellas matanzas, hoy constituyen un grave problema nacional, uno más, para aquellas naciones azotadas por la pobreza y el hambre. Por lo tanto, cuando escucho a algunos que, exhibiendo un supuesto amor al prójimo, pero que ignoran la suerte compartida de los seres, vegetales o animales, que comparten con nosotros el planeta, no dejo de experimentar, a lo menos suspicacia, acerca de dónde está realmente depositado su afecto. Lo cierto es que, hasta el momento, tal discurso, tiene a un puñado de personas luchando contra una bola de nieve que crece cada día más y a una multitud de animales deambulando por nuestras ciudades y campos, constituyendo un peligro para la sociedad humana y para ellos mismos.
Pero lo cierto es que el problema está, por mucho que miremos hacia otro lado. Los animales han coexistido con la especie humana por milenios. Más lejos o más cerca, pero allí están. La lejanía o la cercanía ha dependido en parte de nosotros, pues hemos estimulado su domesticación para servirnos de ellos, en tanto que las poblaciones de animales silvestres han experimentado drásticamente nuestra acción “civilizadora”.
La civilización comprende, entre otras cosas, hábitos alimenticios, y esta adaptación cultural tiene su origen en necesidades naturales. No somos autótrofos, es decir, no tenemos la capacidad de fabricar nuestro propio alimento como lo hacen las plantas, eso nos obliga a devorar a otros seres. Y como no nos basta con los vegetales, para complementar nuestra ración de proteínas, debemos recurrir a nuestros camaradas del reino animal. Es inevitable que esto sea percibido como una desgracia para quienes aman y se compadecen de los demás seres. Si tuviéramos autonomía en la producción de los nutrientes que requerimos, tal vez otro gallo estaría cantando. ¿Se imaginan una civilización de vegetales inteligentes? Está de más decir que importantes rubros de los supermercados no existiría y determinados “commodities” que sustentan la economía de naciones enteras, no tendrían razón de ser. Material para un escritor de ciencia ficción.
Mientras tanto, la utilidad que hemos obtenido de los animales, obviamente nos dejado la noción casi indeleble que constituyen recursos de los cuales podemos disponer de acuerdo a nuestra conveniencia y necesidades. Como alimento, como fuerza de trabajo, material de guerra (aún hoy los asnos son utilizados en el candente escenario del Medio Oriente para agredir a los adversarios), compañía y medios para nuestra diversión, estos seres se han convertido en parte de nuestro ordinario repertorio de elementos desechables y reemplazables.
Y como todas las cosas de las que nos sentimos propietarios, hacemos lo que se nos antoja con ellas y nos damos lujos que, en última ratio, se traducen en consecuencias lamentables: abandono, desperdicio, hacinamiento, focos de contaminación y enfermedades. Y piénsese que idénticas actitudes muchas veces tendemos a replicarlas con nuestros prójimos. Vale decir, la conducta que desarrollamos con las cosas, con los animales de extiende también con las personas. Cuando las virtudes cardinales de las que nos hablaba Platón se asientan en el individuo, tienen validez en su relación con el mundo en su conjunto. El hombre no es justo o injusto a veces, en determinadas circunstancias, sino que su naturaleza se manifiesta en cada una de sus conductas y en contacto con las múltiples circunstancias que le toca vivir.
Es impresionante constatar en la historia, casos monstruosos de crueldad con los animales, que tenían su correlato en un sadismo exacerbado hacia las personas. No mencionaremos a los archiconocidos emperadores romanos Calígula y Nerón (curiosamente nombre muy utilizado durante décadas para los canes), sino que más recientemente, en la década de los setenta, el tristemente famoso gobernante de Uganda Idi Amin Dada, campeón de boxeo de todos los pesos en su país y analfabeto, extremadamente feroz con sus semejantes y que exterminó poblaciones completas de animales silvestres, especialmente elefantes, con fines de enriquecimiento personal y de sus partidarios. Paralelo a ello, se empeñó en una “cruzada” de purificación racial, dejando sembrado el territorio de generaciones completas de huérfanos. Tanto los descendientes humanos como animales de aquellas matanzas, hoy constituyen un grave problema nacional, uno más, para aquellas naciones azotadas por la pobreza y el hambre. Por lo tanto, cuando escucho a algunos que, exhibiendo un supuesto amor al prójimo, pero que ignoran la suerte compartida de los seres, vegetales o animales, que comparten con nosotros el planeta, no dejo de experimentar, a lo menos suspicacia, acerca de dónde está realmente depositado su afecto. Lo cierto es que, hasta el momento, tal discurso, tiene a un puñado de personas luchando contra una bola de nieve que crece cada día más y a una multitud de animales deambulando por nuestras ciudades y campos, constituyendo un peligro para la sociedad humana y para ellos mismos.
Amuletos de la suerte
Mi más comprensivo camarada pensaría que se trata de una broma y mi enemigo enconado tendría la ocasión para declararme definitivamente fuera de mis cabales. Distintas reacciones, pero similares en su substancia, si me vieran llegar al trabajo premunido de una pata de conejo para asegurarme una jornada laboral y social exitosa, apartando de golpe cualquier influencia negativa o dañina para mí y mi labor. Efectivamente, parece que el cuarto trasero del infortunado roedor ya no concita la confianza de las masas, tanto ayer como hoy necesitadas de un apoyo y garantía a sus esfuerzos y aspiraciones al éxito y la felicidad. Por suerte, la producción de adminículos para satisfacer esas caras necesidades no se ha dejado al azar y desde siempre hasta siempre sobrarán los proveedores de uñas de la gran bestia, la rosa encantada de los siete poderes, piedras cuyo valor se esconde a la vista de los no iniciados, medallas con bendiciones incontrarrestables y montañas de obras escritas por connotados maestros, cuyas claves suelen ayudar mucho a sus lectores, aunque no así a sus propios autores. Súmese a eso hierbas milagrosas, infusiones y prácticas diversas atesoradas por conocimientos milenarios.
Y ahora, mis estimados lectores, he aquí que a este abanico de posibilidades, se suma la ciencia y la tecnología, decidida a reunir en un solo producto, los conocimientos de nuestras abuelas, los avances científicos y, por qué no decirlo, nuestros más caros anhelos e ilusiones. Quién no querría tener los logros de deportistas que han conseguido el cúmulo de la felicidad al alcanzar ingresos más allá de toda lógica, fama, afecto de la población y una bella modelo que espera ansiosa la vuelta de su gladiador después de su bélica aventura cotidiana. Y es por eso que políticos, sanamente envidiosos del cariño que esos atletas reciben de la gente, quisieran a través de aleaciones de silicona y metales diversos, atractivamente presentadas en colorinches diseños, capturar de una vez por todas el corazón de sus veleidosos electores.
Y qué decir del ciudadano común. En grado importante decepcionado al ver que su esfuerzo (que no siempre es considerable) no se traduce rápidamente en el confort que veía venir, renuncian de una vez por todas a la disciplina, al esfuerzo, al sistemático cuidado de sí mismos y a la fe, para depositar su confianza en dichos talismanes que han sido probados por conspicuos personajes públicos y del universo sublime de la televisión y que, por lo mismo, merecen gozar de la más absoluta confianza de parte del sufrido ciudadano de a pie.
Por lo tanto, es justo que las arcas de los estudiosos, cuyas concienzudas investigaciones han desembocado en la fórmula exacta que produjo el portento, se lleguen a asfixiar a causa de la acumulación de efectivo, en verde y en metálico. Y cuando hablamos del portento, nos referimos menos al amuleto logrado, cuyo valor real no debe ser más que de unos cuantos pesos, como del fenómeno creado por ¿inteligentes?, digamos, astutos nigromantes de la mercadotecnia, que han sabido dosificar temores, ansiedades y debilidades humanas, con la presencia de figuras influyentes para la masa y una red de comercialización que incluye a las más prestigiosas cadenas del retail.
Todo funcionando a la perfección, y más aún, si algo sale mal, como dice Serrat, toca madera, además de otras recomendaciones.
Miel sobre hojuelas, pero he aquí que últimamente y tal vez por eso mismo, las cifras de nuestra economía nos han sacudido el optimismo sobre el cual cabalgamos a favor del viento. Me refiero al desempleo.
Es sintomático el hecho que numerosas culturas que han sucumbido o vivido bajo el “amparo” de una exacerbada compulsión hacia lo esotérico o, simplemente, lo supersticioso, se han caracterizado por el debilitamiento de su empuje por superar etapas deficitarias en su desarrollo, pues han esperado en el azar, en fuerzas ocultas, más que en la lúcida búsqueda personal de respuestas para satisfacer los grandes dilemas de la vida humana. Desde el trozo de pan hasta lo más trascendente ha quedado sujeto a la esclavitud de lo imponderable, Y, atención, que depender de un talismán se parece mucho a descansar en el discurso de la publicidad, en la lección de supuestos iluminados, de esos que hoy por hoy (estaba profetizado) llenan nuestros medios. Es fácil dejar que otros piensen por uno y aprender las lecciones ya hechas y creer, a pesar de todo, que somos libres. Un hombre libre puede estar incluso en una prisión y no dejará de ser libre. Más difícil, en consecuencia, es asumir la vida en propiedad y ser responsable de nosotros mismos y nuestro entorno. Ello exige lucidez, disciplina y amor propio. Este último a menudo se confunde con la opinión que los demás tienen de mí, cuando en realidad deberíamos nosotros saber quiénes somos y cuánto valemos.
Y ahora, mis estimados lectores, he aquí que a este abanico de posibilidades, se suma la ciencia y la tecnología, decidida a reunir en un solo producto, los conocimientos de nuestras abuelas, los avances científicos y, por qué no decirlo, nuestros más caros anhelos e ilusiones. Quién no querría tener los logros de deportistas que han conseguido el cúmulo de la felicidad al alcanzar ingresos más allá de toda lógica, fama, afecto de la población y una bella modelo que espera ansiosa la vuelta de su gladiador después de su bélica aventura cotidiana. Y es por eso que políticos, sanamente envidiosos del cariño que esos atletas reciben de la gente, quisieran a través de aleaciones de silicona y metales diversos, atractivamente presentadas en colorinches diseños, capturar de una vez por todas el corazón de sus veleidosos electores.
Y qué decir del ciudadano común. En grado importante decepcionado al ver que su esfuerzo (que no siempre es considerable) no se traduce rápidamente en el confort que veía venir, renuncian de una vez por todas a la disciplina, al esfuerzo, al sistemático cuidado de sí mismos y a la fe, para depositar su confianza en dichos talismanes que han sido probados por conspicuos personajes públicos y del universo sublime de la televisión y que, por lo mismo, merecen gozar de la más absoluta confianza de parte del sufrido ciudadano de a pie.
Por lo tanto, es justo que las arcas de los estudiosos, cuyas concienzudas investigaciones han desembocado en la fórmula exacta que produjo el portento, se lleguen a asfixiar a causa de la acumulación de efectivo, en verde y en metálico. Y cuando hablamos del portento, nos referimos menos al amuleto logrado, cuyo valor real no debe ser más que de unos cuantos pesos, como del fenómeno creado por ¿inteligentes?, digamos, astutos nigromantes de la mercadotecnia, que han sabido dosificar temores, ansiedades y debilidades humanas, con la presencia de figuras influyentes para la masa y una red de comercialización que incluye a las más prestigiosas cadenas del retail.
Todo funcionando a la perfección, y más aún, si algo sale mal, como dice Serrat, toca madera, además de otras recomendaciones.
Miel sobre hojuelas, pero he aquí que últimamente y tal vez por eso mismo, las cifras de nuestra economía nos han sacudido el optimismo sobre el cual cabalgamos a favor del viento. Me refiero al desempleo.
Es sintomático el hecho que numerosas culturas que han sucumbido o vivido bajo el “amparo” de una exacerbada compulsión hacia lo esotérico o, simplemente, lo supersticioso, se han caracterizado por el debilitamiento de su empuje por superar etapas deficitarias en su desarrollo, pues han esperado en el azar, en fuerzas ocultas, más que en la lúcida búsqueda personal de respuestas para satisfacer los grandes dilemas de la vida humana. Desde el trozo de pan hasta lo más trascendente ha quedado sujeto a la esclavitud de lo imponderable, Y, atención, que depender de un talismán se parece mucho a descansar en el discurso de la publicidad, en la lección de supuestos iluminados, de esos que hoy por hoy (estaba profetizado) llenan nuestros medios. Es fácil dejar que otros piensen por uno y aprender las lecciones ya hechas y creer, a pesar de todo, que somos libres. Un hombre libre puede estar incluso en una prisión y no dejará de ser libre. Más difícil, en consecuencia, es asumir la vida en propiedad y ser responsable de nosotros mismos y nuestro entorno. Ello exige lucidez, disciplina y amor propio. Este último a menudo se confunde con la opinión que los demás tienen de mí, cuando en realidad deberíamos nosotros saber quiénes somos y cuánto valemos.
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